Elsa Punset en ‘La Contra’ de La Vanguardia
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miércoles, 3 de febrero de 2010
lunes, 1 de febrero de 2010
A veces tienes que decir: NO
A menudo en nuestra vida se dan situaciones en las que tenemos que tomar desiciones. Pero es aconsejable tomarse un tiempo antes de actuar y, es en esa transición del tiempo en la que deberíamos reflexionar para llevar a cabo una decisión.
Pues bien, en determinados momentos se hace inevitable recurrir a ese monosílabo "NO". Que parece ser que ha depositado en nosotros connotaciones que repercuten en nuestra persona de manera negativa.
El ejemplo más común podemos contemplarlo en una situación ficticia en la que un adolescente se ve involucrado en dar una respuesta al ofrecimiento de drogas por un amigo suyo. El chico se encuentra en una encrucijada. No sabe qué responder, invadido por el miedo mediático a decir "No", y creyendo ciegamente que su respuesta influirá mucho en su aceptación dentro del grupo.
Ante este acontecimiento, y muchos otros a lo largo de nuestras vidas, tenemos que tomar una decisión. Sabemos que las decisiones influirán en los demás de forma negativa o positiva. Y si tenemos indicios de que nuestra respuesta no será aceptada por los demás disponemos de varias técnicas para afrontarlo. Hoy os presento en este blog una de las técnicas que podemos añadir a nuestro repertorio de autoyuda y, una vez conocida la teoría podamos ponerla en práctica, se trata del concepto "Banco de Niebla".
BANCO DE NIEBLA:
Es bien sabido por todos nosotros que el decir "No" a una persona o grupo de personas no suele resultar agradable. Pero a veces es necesario decirlo, porque así lo sentimos. Pero tampoco queremos sentirnos culpables por tomar la decisión de negarnos a hacer o decir algo.
Bien, pues el concepto Banco de niebla viene a referirse a que esa "niebla" puede ayudarnos a sentirnos envueltos en ella como si de una burbuja se tratase y servirnos de escudo contra esa inseguridad que a menudo experimentamos, y nos hace sentir culpables si tenemos que dar una respuesta que puede influir negativamente en otra/s persona/s.
Aplicar la técnica del Banco de niebla consiste en darle a la otra/s persona/s la razón en apariencia, pero manteniendo tu oponión al respecto. De esta forma, la otra persona cree que estás cediendo, aunque tambien piensa que no conseguirá hacerte cambiar de opinión.
Recordando el ejemplo anterior de los estupefacientes, vamos a intentar exponer un ejemplo práctico. Imaginemos que el chicho tentador se llama Juan y el que debe tomar una decisión se llama Carlos.
- Carlos, venga anímate, prueba esta sustancia y formarás parte de nuestra pandilla.
...BANCO DE NIEBLA: nos envolvemos en una nube la cual no dejamos traspasar...
- No me apetece, en serio.
- No digas eso tío, sólo prueba un poco y diviértete con todos nosotros o nos defraudarás.
...BANCO DE NIEBLA...
- Puede ser, te entiendo Juan, pero no me apetece de verdad.
Otra forma de aprender a decir "No" es llegando a ser asertivos. La asertividad está estréchamente ligada al concenpo de Banco de niebla.
ASERTIVIDAD:
Una persona asertiva es aquella que defiende y respeta sus derechos incluídos los de los demás. Expresa sus sentimientos sin sentirse culpable por ello, siempre con autocontrol de los impulsos. Saber decir "No" en un momento determinado.
Una buena práctica es la de la empatía, ponernos en la piel del otro. Intentar mirar cono sus ojos el mundo q le rodea.
En estos últimos días he estado practicándola. Y he llegado a la conclusión de que no es recomendable llevarla al extremo porque ¿cómo actúo ante una persona para que no se ofenda? Tendríamos que ser casi 100% altruistas con ella. En mi opinión, pienso en poner en mi balanza emocional por un lado, la empatía; y por el otro la asertividad. Tan interesante y emocionalmente inteligente es ser asertivos, defender y respetar nuestro derechos y los de los demás, como ser capaces de entender los sentimientos de la otra persona.
Y ahora os muestro aquí un fragmento relacionado con lo que hemos visto en esta entrada, más bien relacionado con la ofensa y el daño. Ha sido extraído del libro Más Platón y menos prozac, de Loui Marinoff.
[...]comprender la diferencia entre ofensa y daño. Si alguien o algo le hace daño (es decir, le hiere físicamente contra su voluntad) usted no es cómplice de la herida. El principio del daño de John Stuart Mili sostiene que «el único fin que autoriza al ejercicio del poder sobre cualquier miembro de una sociedad civilizada contra su voluntad es evitar que haga daño a los demás».
Sin embargo, la ofensa es distinta. Si alguien o algo le ofende, es decir, le insulta de un modo u otro, usted es cómplice del insulto. ¿Por qué? Pues porque se lo toma como una ofensa. Usted puede permanecer pasivo y resultar herido por algo como un golpe físico, pero toma parte activa al ofenderse por algo como un cuadro. Recuerde esta fórmula cortés de antaño: «Lo siento, no pretendía ofender.» «No se apure, no lo he tomado a
mal.» Este tipo de civismo lo ha vuelto obsoleto una cultura que descuida el pensamiento y permite que la ofensa se confunda con el daño.[...] En la actualidad las personas se ofenden, luego acusan a los demás de hacerles daño, y el sistema las respalda con políticas que restringen las libertades individuales. Peor aún, el sistema consolida esta confusión recompensando económicamente a las personas que se ofenden. No es de extrañar que todo el mundo ande con pies de plomo o subiéndose por las paredes.[...]
"Elimina tu opinión, y eliminarás la queja «Me han
ofendido». Elimina la queja «Me han ofendido» y la
ofensa ha desaparecido." MARCO AURELIO.
Por último os dejo un vídeoclip de un grupo musical llamado Deluxe, y su canción "Que no". Íntimamente relacionada con esta entrada que hoy nos ocupa.
Espero que hayáis difrutado y espero y esperamos vuestros comentarios y aportaciones al respecto.
Etiquetas:
Aprender,
Asertividad,
Banco de Niebla,
Empatía,
Ensayos
domingo, 31 de enero de 2010
Maktub, Paulo Coelho
Dice el maestro:
Cuando presentimos que ha llegado la hora de cambiar, comenzamos, incoscientemente, a repasar la película de nuestras derrotas hasta el momento.
Está claro que a medida que envejecemos, nuestra cota de momentos difíciles es mayor.
Pero, al mismo tiempo, la experiencia nos ha dado medios para superar estas derrotas y encontrar el camino que nos permite seguir adelante. También es preciso poner esta película en nuestro vídeo mental.
Si sólo vemos la película de las derrotas, nos quedaremos paralizados. Si sólo vemos la de la experiencia, acabaremos creyéndonos más sabios de lo que realmente somos.
Necesitamos las dos películas.
Fragmento de Maktub, Paulo Coelho.
Cuando presentimos que ha llegado la hora de cambiar, comenzamos, incoscientemente, a repasar la película de nuestras derrotas hasta el momento.
Está claro que a medida que envejecemos, nuestra cota de momentos difíciles es mayor.
Pero, al mismo tiempo, la experiencia nos ha dado medios para superar estas derrotas y encontrar el camino que nos permite seguir adelante. También es preciso poner esta película en nuestro vídeo mental.
Si sólo vemos la película de las derrotas, nos quedaremos paralizados. Si sólo vemos la de la experiencia, acabaremos creyéndonos más sabios de lo que realmente somos.
Necesitamos las dos películas.
Fragmento de Maktub, Paulo Coelho.
martes, 12 de enero de 2010
LA ALEGORÍA DEL CARRUAJE

Un día suena el teléfono.
La llamada es para mí.
Apenas atiendo, una voz muy familiar me dice:
-Hola, soy yo. Sal a la calle. Hay un obsequio para ti.
Entusiasmado, me dirijo a la acera y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo, frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy (chic).
Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular tapizado en pana burdeos y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta de que todo está diseñado exclusivamente para mí: está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… Todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces, miro por la ventana y veo (el paisaje): de un lado, la fachada de mi casa; del otro, la de la casa de mi vecino…
Y digo: << ¡Qué maravilloso este regalo! Qué bien, qué bonito…>>
Y me quedo disfrutando de esa sensación.
Al rato, empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: << ¿Cuánto tiempo puede ver uno las mismas cosas?>> Y empiezo a convencerme de que el regalo que hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino, que me dice, como adivinándome el pensamiento:
-¿ no te das cuenta de que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de (qué-le-falta) mientras miro las alfombras y los tapizados.
-Le faltan los caballos - me dice antes de que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo-pienso-, por eso me parece aburrido…
-Cierto- digo yo.
Entonces, voy hasta el corralón de la estación y consigo dos caballos. Fuertes, jóvenes, briosos. Ato los animales al carruaje, me subo otra vez y, desde dentro grito:
-¡¡Eaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el vehículo y una rajadura se insinúa en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; atraviesan todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta de que no tengo ningún control de nada; esas bestias me arrastran a donde ellas quieren.
Al principio me pareció que la aventura que se me presentaba era muy divertida pero, al final, siento que esto que pasa es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta de que esto tampoco sirve.
En ese momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en su coche. Lo insulto:
-¡Qué me hizo!
Me grita:
-¡Te falta el cochero!
-¡Ah!- digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero.
Tengo suerte. Lo encuentro.
Es un hombre formal y circunspecto, con cara de poco humor y mucho conocimiento.
A los pocos días, asume funciones.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.
Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.
Él conduce, tiene toda la situación bajo control. Él elige la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo, en la cabina… disfruto del viaje.
[…]
Como producto de la unión de dos pequeñísimas células y del deseo de dos personas, hace muchos años fuimos concebidos. Y aún antes de nacer ya habíamos recibido el primer regalo: nuestro cuerpo.
Una especia de carruaje, diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios, capaz de modificarse con el paso del tiempo, pero diseñado para acompañarnos durante todo el viaje.
En aquel momento, a poco de dejar nuestra protegida (casa materna), ese cuerpo nuestro registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió.
El cuerpo sin deseos, necesidades, pulsiones o afectos que lo impulsen a la acción sería como un carruaje que no tiene caballos.
[…] Pronto fue quedando claro que los deseos, dejados a su aire, podrían conducirnos por caminos demasiado arriesgados, frustrantes y hasta peligrosos. Nos dimos cuenta de la necesidad de sofrenarlos.
Aquí apareció la figura del cochero: en nosotros, nuestra mente, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.
Un eficiente cochero encargado de dirigir nuestro trayecto, cuidándonos de algunos caminos llenos de peligros innecesarios y riesgos desmedidos.
Cada uno de nosotros es, por lo menos, los tres personajes que intervienen en la alegoría durante todo el camino, es decir, a lo largo de toda nuestra vida: somos el carruaje, somos los caballos y somos el cochero, al igual que somos el pasajero. Somos nuestro cuerpo, somos nuestros deseos, necesidades y emociones, somos nuestro intelecto y nuestra mente, tanto como somos nuestros aspectos mas espirituales y metafísicos.
La armonía deberemos construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparnos de ninguno de los protagonistas.
Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser y es sumamente peligroso. Necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida.
El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son los caballos. No debemos permitir que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque… ¿Qué haríamos sin los caballos? ¿Qué sería de nosotros si fuéramos solamente cuerpo y celebro? Si no tuviéramos ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje.
Obviamente, tampoco podemos descuidar el carruaje. Y esto implicará reparar, cuidar, afinarl lo que sea necesario para su mantenimiento, porque nos debe durar todo el trayecto. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe y, entonces, el viaje puede terminarse demasiado pronto.
Solamente cuando incorporamos esto, cuando tomamos conciencia de que soy mi cuerpo, mis manos, mi corazón, mi dolor de cabeza y mi sensación de apetito, cuando asumo que soy mis ganas, mis deseos y mis instintos a la vez que mis amores y mis enojos; cuando acepto que soy, además, mis reflexiones, mi mente pensante y mis experiencias…
Solamente entonces estoy en condiciones de recorrer adecuadamente el mejor de los caminos para mí, es decir, el camino que hoy me toca recorrer.
Fragmento extraído del libro: Las 3 preguntas ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Con quién? de Jorge Bucay
La llamada es para mí.
Apenas atiendo, una voz muy familiar me dice:
-Hola, soy yo. Sal a la calle. Hay un obsequio para ti.
Entusiasmado, me dirijo a la acera y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo, frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy (chic).
Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular tapizado en pana burdeos y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta de que todo está diseñado exclusivamente para mí: está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… Todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces, miro por la ventana y veo (el paisaje)
Y digo: << ¡Qué maravilloso este regalo! Qué bien, qué bonito…>>
Y me quedo disfrutando de esa sensación.
Al rato, empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: << ¿Cuánto tiempo puede ver uno las mismas cosas?>> Y empiezo a convencerme de que el regalo que hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino, que me dice, como adivinándome el pensamiento:
-¿ no te das cuenta de que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de (qué-le-falta)
-Le faltan los caballos - me dice antes de que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo-pienso-, por eso me parece aburrido…
-Cierto- digo yo.
Entonces, voy hasta el corralón de la estación y consigo dos caballos. Fuertes, jóvenes, briosos. Ato los animales al carruaje, me subo otra vez y, desde dentro grito:
-¡¡Eaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el vehículo y una rajadura se insinúa en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; atraviesan todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta de que no tengo ningún control de nada; esas bestias me arrastran a donde ellas quieren.
Al principio me pareció que la aventura que se me presentaba era muy divertida pero, al final, siento que esto que pasa es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta de que esto tampoco sirve.
En ese momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en su coche. Lo insulto:
-¡Qué me hizo!
Me grita:
-¡Te falta el cochero!
-¡Ah!- digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero.
Tengo suerte. Lo encuentro.
Es un hombre formal y circunspecto, con cara de poco humor y mucho conocimiento.
A los pocos días, asume funciones.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.
Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.
Él conduce, tiene toda la situación bajo control. Él elige la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo, en la cabina… disfruto del viaje.
[…]
Como producto de la unión de dos pequeñísimas células y del deseo de dos personas, hace muchos años fuimos concebidos. Y aún antes de nacer ya habíamos recibido el primer regalo: nuestro cuerpo.
Una especia de carruaje, diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios, capaz de modificarse con el paso del tiempo, pero diseñado para acompañarnos durante todo el viaje.
En aquel momento, a poco de dejar nuestra protegida (casa materna)
El cuerpo sin deseos, necesidades, pulsiones o afectos que lo impulsen a la acción sería como un carruaje que no tiene caballos.
[…] Pronto fue quedando claro que los deseos, dejados a su aire, podrían conducirnos por caminos demasiado arriesgados, frustrantes y hasta peligrosos. Nos dimos cuenta de la necesidad de sofrenarlos.
Aquí apareció la figura del cochero: en nosotros, nuestra mente, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.
Un eficiente cochero encargado de dirigir nuestro trayecto, cuidándonos de algunos caminos llenos de peligros innecesarios y riesgos desmedidos.
Cada uno de nosotros es, por lo menos, los tres personajes que intervienen en la alegoría durante todo el camino, es decir, a lo largo de toda nuestra vida: somos el carruaje, somos los caballos y somos el cochero, al igual que somos el pasajero. Somos nuestro cuerpo, somos nuestros deseos, necesidades y emociones, somos nuestro intelecto y nuestra mente, tanto como somos nuestros aspectos mas espirituales y metafísicos.
La armonía deberemos construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparnos de ninguno de los protagonistas.
Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser y es sumamente peligroso. Necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida.
El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son los caballos. No debemos permitir que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque… ¿Qué haríamos sin los caballos? ¿Qué sería de nosotros si fuéramos solamente cuerpo y celebro? Si no tuviéramos ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje.
Obviamente, tampoco podemos descuidar el carruaje. Y esto implicará reparar, cuidar, afinarl lo que sea necesario para su mantenimiento, porque nos debe durar todo el trayecto. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe y, entonces, el viaje puede terminarse demasiado pronto.
Solamente cuando incorporamos esto, cuando tomamos conciencia de que soy mi cuerpo, mis manos, mi corazón, mi dolor de cabeza y mi sensación de apetito, cuando asumo que soy mis ganas, mis deseos y mis instintos a la vez que mis amores y mis enojos; cuando acepto que soy, además, mis reflexiones, mi mente pensante y mis experiencias…
Solamente entonces estoy en condiciones de recorrer adecuadamente el mejor de los caminos para mí, es decir, el camino que hoy me toca recorrer.
Fragmento extraído del libro: Las 3 preguntas ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Con quién? de Jorge Bucay
lunes, 11 de enero de 2010
Frases sobre el éxito
"Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que pueden cometerse en un campo muy reducido."
Niels Bohr, médico danés ganador de un premio Nobel.
"No puedo dar una fórmula segura para tener éxito, pero te puedo ofrecer una fórmula para fracasar: intentar contentar siempre a todo el mundo."
Herbert Bayard Swope, periodista norteamericano; primer ganador del Premio Pulitzer.
Fuente: La semana laboral de 4 horas, Timothy Ferriss.
domingo, 10 de enero de 2010
Aprender de los errores para lograr el éxito
Ningún camino fácil te llevará a algo que merezca la pena.
¿Quién dijo que sería fácil?
Cuando se quiere comenzar a practicar algo, un deporte, la danza, el baile, etcétera, nos damos cuenta de que resulta difícil al principio. Esto en algunas personas produce rechazo.
El rechazo se debe, realmente, al miedo que experimentan, y por consecuencia se sienten inseguros porque temen el fracaso de alguna actividad. Pero el camino hacia el éxito es saber que del fracaso podemos aprender. Esa es la verdadera esencia que define a una persona competente, aprender del fracaso.
Para lograr el éxito, primero tenemos que fracasar, y además deberíamos ser conscientes de que hay que fracasar. Y no por ello tenemos que sentir miedo a errar. Errar es de humanos, siempre lo és.
Para superar los miedos, tenemos que confiar en nosotros mismos. ¿Difícil no? Pues no lo es. Sólo tenemos que buscar un incentivo, motivarnos a nosotros mismos.
Proponernos metas la mejor opción para la motivación y dejar a un lado las barreras que imaginamos y que nos separan del éxito, nuestros obstáculos fantaseados.
"Estar educado significa tener la capacidad de cambiar"
domingo, 3 de enero de 2010
Emotional Contagion = Contagio Emocional
Daniel Goleman dice en su libro Inteligencia Emocional:
"Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra emoción proviene del verbo latino movere (que significa «moverse») más el prefijo «e-», significando algo así como «movimiento hacia»".
En efecto, el artículo que hoy publicamos aquí habla por sí mismo. Con el vídeo que mostramos a continuación pretendemos hacer hincapié sobre este hecho, de que las emociones se contagian.
Este estudio lo llevaron acabo los psicólogos Elaine Hatfield y John Cacioppo, junto con el historiador Richard Rapson.
Aquí os dejamos el vídeo, sacad vuestras propias conclusiones, y esperamos que os guste!!
"Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra emoción proviene del verbo latino movere (que significa «moverse») más el prefijo «e-», significando algo así como «movimiento hacia»".
En efecto, el artículo que hoy publicamos aquí habla por sí mismo. Con el vídeo que mostramos a continuación pretendemos hacer hincapié sobre este hecho, de que las emociones se contagian.
Este estudio lo llevaron acabo los psicólogos Elaine Hatfield y John Cacioppo, junto con el historiador Richard Rapson.
Aquí os dejamos el vídeo, sacad vuestras propias conclusiones, y esperamos que os guste!!
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